La tendencia a la baja que la pobreza mostraba en la Argentina desde hacía más de un año y medio encontró un freno abrupto. Empujada por la aceleración de la inflación y el estancamiento de los ingresos registrado desde fines del año pasado, la tasa de pobreza trepó al 32,3% durante el primer semestre del año, según los datos difundidos por el Indec a través de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH). Este número marca un claro repunte frente al 28,2% registrado en el segundo semestre del año anterior y al 31,6% del primero, dejando atrás el alivio temporal que venían midiendo las estadísticas oficiales.
El salto también arrastró a los sectores más vulnerables de la pirámide social, llevando la indigencia al 7,5% de la población, lo que representa una suba de 1,3 puntos porcentuales frente al 6,3% previo. Con estos números sobre la mesa, el impacto se traduce en cifras alarmantes para el tejido social de los 31 aglomerados urbanos analizados: en apenas medio año, unas 15.008.740 personas quedaron por debajo de la línea de pobreza en todo el país. Esto significa que, en promedio, cerca de 11.000 personas cayeron en la pobreza cada día, mientras que otras 3.111 pasaron a engrosar las filas de la indigencia, sumando más de 560.000 nuevos indigentes en seis meses.
El rostro más dramático de este retroceso económico se concentra en la infancia. Entre los niños y adolescentes de 0 a 14 años, la pobreza escaló con fuerza hasta alcanzar al 44,5%, superando ampliamente el 41,3% que se registraba en el tramo final del año pasado. Por su parte, la indigencia en este mismo grupo etario trepó al 10,8%, evidenciando cómo la crisis profundiza las brechas de desarrollo en las futuras generaciones y confirma las advertencias que venían realizando distintas consultoras privadas y centros de estudio universitarios.
A pesar de la gravedad del diagnóstico oficial, diversos especialistas advierten que la magnitud del problema podría ser aún mayor. Ciertos analistas económicos cuestionan la metodología utilizada para la medición, señalando que los índices oficiales se apoyan en canastas de consumo que podrían estar subestimando la verdadera evolución de los precios, además de sobrestimar los ingresos de los sectores informales. Más allá de las discusiones técnicas sobre los números finos, la realidad en la calle refleja un deterioro que golpea de lleno el poder adquisitivo de los hogares.